Casinos y rascacielos con sabor a western
Yolanda Martínez recorrió Estados Unidos en coche junto a su marido Mitxel y su hija Sara, en una aventura cargada de ciudades, parques e incidentes.
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Yolanda y su hija Sara posan con la ciudad de Nueva York al fondo.
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“Siempre he sido muy viajera… Hasta que tuve una hija y tuve que parar durante un tiempo”, —cuenta riendo Yolanda Martínez, de Montaje. Ahora realiza con sus amigas al menos un viaje al año y con su familia otro. “Desde el principio mi marido y yo queríamos viajar con nuestra hija y planeamos este viaje cuando tenía siete u ocho años, pero entonces pensamos que sería demasiado para ella. Empezamos viajando con ella a París, luego a Londres y al fin, en julio de 2018, a sus 11 años y aprovechando que es la edad límite para no pagar como adulto, decidimos que era el momento de cruzar el charco”. Una tía de Yolanda y su hija de veinte años se sumaron al viaje, que duró dieciocho días.
De ruta por Estados Unidos
Primero volaron a Nueva York, después a San Francisco. “Es como estar todo el día en una película, te suena cada rincón”. De allí cogieron un coche de alquiler e iniciaron la ruta del oeste: Yosemite, el Parque Nacional de Secuoyas de California, Bryce Canyon, Antelope Canyon, Monument Valley, el Gran Cañón del Colorado…, un recorrido por los parques naturales con parada incluida en Las Vegas, para acabar siguiendo el rastro de lo que queda de la Ruta 66 y terminar en Santa Mónica.
Las Vegas, con sus luces de neón, los macrocasinos réplica de ciudades como París o Venecia, sus fuentes descomunales en pleno desierto y todo ese negocio en torno a la cultura del juego le pareció “un destino impactante que hay que ver una vez en la vida. Aquello estaba montado de tal manera que para ir a tu habitación o llegar a las hamburgueserías ¡tenías que cruzar todo el casino! Yo iba con la cría y no metí ni una moneda, me negaba a darle a ella esa imagen. Se me grabó especialmente un matrimonio que tenía un bebé. Él se fue a dormir con la criatura en brazos y ella se quedó jugando. Al día siguiente, cuando volvíamos para desayunar, bajaba él, le traspasó el bebé a ella y se puso a jugar”.
En los contratiempos está la emoción
El ritmo de carretera era intenso, con un promedio de 6 horas al volante. Rumbo al Parque Nacional de Yosemite, se toparon con un incendio. “Cuando sólo faltaban 6 kilómetros de nuestro hotel aparecieron dos coches de policía, cruzados en la carretera igual que en las películas, que nos pidieron dar la vuelta”. Tras varias llamadas a España —allí eran las tres de la mañana—, les devolvieron el dinero, pero la búsqueda de alojamiento corrió de su cuenta. “En la piscina del hotel donde finalmente nos alojamos, caía ceniza y yo pensaba: a lo mejor nos teníamos que haber ido un poco más lejos… Preparé las maletas por si nos evacuaban, pero no fue necesario. Lo malo fue que los miradores, los montes, los ríos, las cascadas… todo estaba envuelto en una cortina de humo”.

Yolanda, junto a su hija, su tía y su sobrina, en Monumento Valley, uno de los paisajes más emblemáticos de EEUU, situado en la frontera sur de Utah con Arizona, dentro la reserva de los nativos navajo.

Yolanda con su tía Geli, a su derecha, su marido Mitxel, su sobrina Paula y, en primera línea, su hija Paula, en el Antelope Canyon, cerca de Page, en el norte de Arizona. Camino del ‘Joshua Tree’, un parque conocido por sus cactus gigantes, el calor acuciante —el termómetro marcaba 49 grados— y el ambiente tétrico de ‘road movie’ se impusieron: “Íbamos por unas carreteras en las que cada poco te quedabas sin cobertura, con ruedas tiradas por todas partes y piedras con nombres escritos a los lados de la vía. Esto es de gente que se ha quedado tirada allí esperando ayuda, decía yo, porque si no, ¿a santo de qué te paras aquí? Mi marido decía: ‘Es que nadie ha pensado: ¿y si nos pasa algo aquí?’ ¡Todos, todos lo habíamos pensado! Como para pedir ayuda en esa casa en mitad de la nada… ¡Te sale un psicópata, pues ahí no puede vivir otra cosa!”.
En el cañón del Colorado fueron a ver la puesta de sol y se quedaron sin autobús de vuelta. “Con la luz de los móviles, dando vueltas, llegamos. No pasa nada, estás de vacaciones y ¡siempre tiene que ocurrir algo para que lo puedas contar!”. Yolanda asegura que la experiencia de viajar con su hija fue un éxito. La familia ya está preparando su próximo destino: Auschwitz.